Narda y Katz

 

PERFIL reunió a la célebre cocinera con la médica nutricionista Mónica Katz para que resaltaran las virtudes y pecados de las costumbres gastronómicas.

Por Gisela Nicosia

Con un ambiente creado por el colorido parpadeo de las luces del árbol de Navidad, se arma la mesa para celebrar. Vestida con un mantel al tono de los platos, e incluso con la presencia de un adorno en el centro, por el escenario desfilarán fuentes y bandejas con comida de todo tipo de estilo. Así es la Navidad patria.

Con la idea de analizar el menú navideño típico argentino, PERFIL dialogó con la cocinera Narda Lepes y la nutricionista, autora de No dieta, Mónica Katz.

“Nuestra mesa se compone en general de matambre, lechón, pionono, pollo, vittel toné, ensalada rusa y más lo dulce. Siempre se plantea en estas fechas qué comer y qué no. La realidad es que los humanos tomamos decisiones emocionales, no racionales. Sobre todo cuando tenemos delante de nuestros ojos algo tangible y placentero”, explica Katz al empezar a detallar la importancia de “comer con control”.

“Una mujer debe consumir por día unas 2 mil calorías; y un hombre, 2300. Por lo tanto en muchos casos se consumen más que las calorías diarias en un sólo evento. En un festejo de éstas características algunos llegan a comer 4 mil calorías, lo que significa que comen en una noche lo que deberían comer en dos días”, dice Katz.

Desde donde salen los platos, la cocinera Narda Lepes coincide y cuenta. “Estoy a favor de la idea de no vivir a dieta, sino ocuparnos en la alimentación todo el año. Pensar qué comemos, buscar calidad en la comida y aprovechar los alimentos de estación, no ir a lo tradicional sin buscar opciones”, dice.

En el libro No Dieta (Planeta/Del zorzal), de Mónica Katz, Narda escribió el prólogo y allí confiesa que ama la comida y que disfruta comiendo bien, lo que le gusta (ver aparte). En esa línea, la cocinera agrega que es muy importante que los alimentos acompañen el evento no que sean los protagonistas. “Que una noche se coma de más, o nos tentemos no nos pasará nada siempre y cuando seamos conscientes de nuestra alimentación. Tenemos que invertir más en la comida porque es lo que nos da salud. Y aprovechar de los encuentros valorando el momento, no sólo lo que está sobre la mesa arriba de un plato”, cuenta.

Carta.
Cada familia adapta la tradición de las fiestas, tanto Navidad como en Año Nuevo, según sus gustos. En algunas casas las familias se reúnen temprano para compartir una picada y en otras se arranca más tarde con la idea de llegar justo con el postre cuando en el reloj la aguja grande anuncia las doce. Lo llamativo es que antes de ese día, algunas personas ayunan o prefieran comer menos para “probar cada uno de los platos”.

“Lo que aconsejo es completar todas las comidas ese día. En el caso de las personas que tienen algún impedimento para controlarse con las porciones, ubicarse lejos de la comida. Evitar el picoteo y comer sentado.

Incluso una buena opción es colocar en un plato todo lo que queremos comer para que, una vez que se termina la comida, no seguir comiendo”, detalla Katz, que también suma otro dato: no usar ropa demasiado cómoda. “Vestir ropa suelta en las fiestas puede jugarnos en contra. Si utilizamos ropa más al cuerpo tenemos más percepción de la sensación corporal y nos ayuda a tomar la decisión correcta para comer lo necesario”, añade.

Como menú recomendado, lo mejor es aprovechar las frutas y verduras de la época, sobre todo porque contienen mucho agua y azúcares naturales, lo que los hace bajos en calorías. “Hay frutas riquísimas para aprovechar y combinar con ensaladas. También hay platos de pescados que vienen bien porque son frescos. Para los que prefieren los fiambres, se puede armar un plato con escamas de queso gruyere con unas láminas finas de jamón crudo con rúcula y olivas. No hace falta comer un pedazo de jamón lleno de sal”, afirma Lepes.

Katz resume la charla con PERFIL en una frase. “Lo mejor es tomar una actitud de gourmet: comer sólo lo que vale la pena no sólo porque está! Eso de “vi luz y entré” sólo nos lleva a consumir de más como si fuera la última cena”, concluye.

El problema de comer sin tener hambre

“Nunca en mi vida, ni de adolescente –cuando uno hace todo en grupo–, pude seguir una dieta pero he visto como muchos lo hacían: bajaban de peso, no bajaban, subían de nuevo y vivían hablando del tema o del mal humor por tener hambre”, dice Narda en el prólogo del libro de Katz.

“Para bien o para mal, los humanos que disponemos de comida regularmente modulamos nuestra conducta digestiva más allá del hambre. Comemos porque es la hora, porque se festeja un cumpleaños en la oficina, porque lo preparó la abuela, porque estamos nerviosos, porque estamos ansiosos, aburridos o simplemente porque nos gusta”, dice la nutricionista y deja en claro que el apetito puede ser una necesidad, pero emocional. “Es hambre de placer, de recompensa, aunque muchas veces está al servicio de otras necesidades no hedónicas”, asegura.

http://www.perfil.com/ediciones/2012/12/edicion_739/contenidos/noticia_0057.html